Inyección de hierro: actividad inicial en 19 pacientes con cáncer

Dieciséis de 19 pacientes. Esa es la cifra de quienes vieron frenada su enfermedad después de que los médicos inyectaran un compuesto a base de hierro directamente en tumores que seguían creciendo pese a tratamientos previos. El resultado procede de un estudio de fase I publicado el 1 de octubre en Signal Transduction and Targeted Therapy, realizado en tres hospitales de las provincias chinas de Sichuán, Hubei y Shandong.
La idea parte de un ámbito muy alejado de la oncología. Las aguas residuales industriales se depuran mediante una reacción en la que el hierro reacciona con peróxido de hidrógeno y produce radicales hidroxilo, moléculas muy reactivas que descomponen los contaminantes orgánicos. El equipo, dirigido por el profesor Wang Yongsheng, del Hospital West China, adaptó ese principio al cáncer. Combinaron una inyección de carbono nanocristalino aprobada clínicamente con sulfato ferroso para obtener una formulación llamada CNSI-Fe. Está diseñada para inducir ferroptosis, una forma de muerte celular provocada por daños en las membranas celulares dependientes del hierro. Las células sanas disponen de defensas antioxidantes, como el glutatión, que ayudan a protegerlas frente a este daño. Antes de llegar a los pacientes, CNSI-Fe había inhibido el crecimiento tumoral en seis modelos tumorales en animales, entre ellos los de cáncer colorrectal, de mama y de páncreas.
Los 19 participantes tenían sarcoma, cáncer de cabeza y cuello, de páncreas, de pulmón de células no pequeñas, de ovario, de mama o vulvar, y 16 presentaban una enfermedad metastásica en estadio IV. Todos habían recibido al menos dos líneas previas de terapia sistémica. La tasa de control de la enfermedad del 84,2 % incluye tanto la estabilidad de la enfermedad como la reducción tumoral; la tasa de respuesta objetiva, que mide solo la reducción, fue del 10,5 %. Dos pacientes vieron reducirse sus tumores. Las lesiones inyectadas respondieron mejor que el conjunto de lesiones seguidas en todo el cuerpo. El dolor en el punto de inyección fue la reacción adversa más frecuente, afectó al 89,5 % de los participantes, seguido de hipertensión en el 52,6 %. Un paciente abandonó el estudio por una reacción de hipersensibilidad. Los investigadores no registraron toxicidad hematológica grave ni toxicidad hepática o renal.
Las limitaciones son evidentes. El estudio fue pequeño y de un solo brazo, sin grupo de comparación, por lo que no puede establecer cuán eficaz es el tratamiento. El propio Wang afirmó que el enfoque «requiere una evaluación adicional mediante ensayos aleatorizados de fase II/III». En el caso de los pacientes con tumores sólidos refractarios, la siguiente pregunta es si esta actividad inicial se traduce en un beneficio fiable. Un ensayo de fase II con 52 pacientes en 10 hospitales chinos está ya en marcha para responder en parte a esa cuestión, pero las fuentes no indican plazos para sus resultados ni para una eventual aprobación.
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